Ojos inusitados de sulfato de cobre

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Hoy se cumplen 128 años del natalicio de Ramón Lopez Velarde, famosísimo por aquel poema patriotico “La Suave Patria”. Lo primero que me viene a la mente al pensar en Velarde es su poema,  “Y Pensar que pudimos” que es mi favorito suyo y que ya compartí aquí una vez, lo segundo es un verso que me hizo notar la poeta Rocío Gonzalez cuando tuve la suerte de que fuera mi maesta. El verso es ese del título, ojos inusitados de sulfato de cobre, de su poema “No me condenes”, que comparto aquí abajo para que los disfruten. El poema es por demás interesante,  empieza como un sencillísimo poema rural, casi parecen un romance, pero está escrito con una rima y un metro inconstante. La cuarta estrofa es rarísima, tiene solo tres versos, tres esdrújulas que llaman la atención. Por esto no quiero decir nada más que compartir mi sorpresa. Al reeler y leer este poema, que me da un gusto enorme.

 

 

 

Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre:
ojos inusitados de sulfato de cobre.
Llamábase María; vivía en un suburbio,
y no hubo entre nosotros ni sombra ni disturbio.
Acabamos de golpe: su domicilio estaba
contiguo a la estación de los ferrocarriles,
y ¿qué noviazgo puede ser duradero entre
campanadas centrífugas y silbatos febriles?

El reloj de su sala desgajaba las ocho;
era diciembre, y yo departía con ella
bajo la limpidez glacial de cada estrella.
El gendarme, remiso a mi intriga inocente,
hubo de ser, al fin, forzoso confidente.

María se mostraba incrédula y tristona:
yo no tenía traza de una buena persona.
¿Olvidarás acaso, corazón forastero,
el acierto nativo de aquella señorita
que oía y desoía tu pregón embustero?

Su desconfiar ingénito era ratificado
por los perros noctívagos, en cuya algarabía
reforzábase el duro presagio de María.

¡Perdón, María! Novia triste, no me condenes;
cuando oscile el quinqué y se abatan las ocho,
cuando el sillón te mezca, cuando ululen los trenes,
cuando trabes los dedos por detrás de tu nuca,
no me juzgues más pérfido que uno de los silbatos
que turban tu faena y tus recatos.

Diciembre de 1916

 

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